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Las piedras de
jade provienen de magmas alcalinos, que después de un proceso terráqueo
-metamorfosis- químico y físico que lleva aproximadamente 400 mil millones de años,
emergen del interior de la corteza terrestre y se localizan en formas de
nódulos en afloramientos de montañas en yacimientos aluviónales, de donde
pueden derivar en guijarros que se desprenden al fondo de barrancas donde
son arrastrados por las aguas de los ríos dándoles formas de cantos rodados.
La familia mineral del jade esta integrada por tres variedades
de piedras de
carácter Metamórfico, que se encuentran formados por silicatos de sodio -Na-,
aluminio -Al-, calcio -Ca-, hierro -Fe- y magnesio -Mg- con presencia en
pequeñas cantidades de potasio -K-, cloro -Cl-, fluor -F-, hidrogeno -H-,
yodo -I-, oxigeno -O- y manganeso -Mn.
La natural
consistencia de las piedras de jade en cualquiera de sus tres variedades es
compacta, pesada, y en colores que van de un blanco verdoso a un verdinegro
profundo.
Por sus características especificas a estas piedras se le ha clasificado
minerologicamente como
Jadeita, Nefrita y Cloromelanita.
El jade en su
estado natural, generalmente esta asociado a rocas de serpentina y mármol.
Todos estos
minerales se conforman en condiciones naturales en lugares de la corteza
terrestre en donde las altas presiones, son producto de las fuerzas
tectónicas a lo largo de millones de años.
El jade
Mesoamericano, empezó su conformación hace 400,000,000 –cuatrocientos
millones- de años en las profundidades del planeta tierra en la época
Devonica de la era Paleozoica.
Las altas
temperaturas del subsuelo y las presiones tectónicas fueron comprimiendo e
impulsando estos minerales a la superficie terrestre, en donde desde hace 7
mil años son aprovechado como un objeto de valor espiritual y económico.

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