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El encuentro
de las piedras de jade se basa mas que nada en una facultad y sensibilidad
innata en los buscadores, cualidad que han desarrollado desde la infancia y
que culminan con el duro trabajo de probado de piedra con gruesos martillos
en las soledades de las montañas.
El jade en su
estado natural resulta engañoso ya que para la persona neófita pasa
inadvertido entre un montón de piedras. Solamente los profesionales en la
búsqueda del jade suelen dar con el, basándose primero en pruebas de dureza
y pesaje, determinándose después el color y la composición.
Debido a la
densidad del jade, el peso de la piedra es muy superior al de cualquier otro
material, por lo que cargar una piedra de regular tamaño, digamos de unos 30
centímetros cúbicos, requiere de un gran esfuerzo y la ayuda de bestias de
carga.
Cuando la
piedra rebasa ocasionalmente un tamaño transportable, tiene que ser dividida
a golpe de martillos neumáticos aprovechando sus fracturas naturales.
En Birmania el
oficio de buscadores de jade se transmite familiarmente de generación en
generación.
En China, en
las montañas de Sinkiang, el oficio es propiedad de mujeres que han
desarrollado cierta habilidad para detectar con los pies, las piedras de
nefrita bajo las frías aguas de las ríos que atraviesan las altas montañas,
ya que según sus creencias, solo la piel femenina atrae las cualidades
masculinas que están presentes en el jade.
Fray Bernardino de Sahagun, anota en sus cronicas -Historia Gral. de las
cosas de la Nueva España- que en México habían personas dedicadas a la
búsqueda de piedras preciosas, entre las que se encontraba el jade. En la
época colonial surgen muchas leyendas acerca de los buscadores de piedras.
Lo cierto es
que los yacimientos de jade estaban protegidos como secretos de estado y no
se permitía el poblamiento de las montañas en donde este se encontraba,
prueba de ello eran las guarniciones militares que dejaron los aztecas en
las cercanías de Zinacantan, Ixtapa y Huistan que casualmente son poblados
que rodean las montañas santas de Chalchihuitan que estuvieran despobladas
hasta muchos años después de la conquista, cuando todo el valor del jade
había quedado en la nada.

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